Mucho se ha hablado esta temporada sobre Shameless. La sensación generalizada de los fans tras la pasada season finale es de descontento, después de que la serie alcanzara un nivel sobresaliente con la cuarta temporada. Podemos estar de acuerdo, hasta cierto punto, en que las tramas se han enfriado ligeramente, y algunos arcos argumentales se han estancado de forma irremediable (¿dónde está la importancia de la remodelación del barrio, más allá de la imagen promocional?). Nosotros hemos necesitado unos días de reposo post-excitación final para llegar a una conclusión que ya teníamos clara desde que comenzó la nueva tanda de capítulos: Shameless sigue siendo la mejor.

A mitad del camino

Muchos nos lo olíamos desde el mes de enero, y al final ha terminado siendo así. Justo un día después de la season premiere de la quinta temporada, Showtime hizo oficial la renovación de Shameless por una sexta, con un encargo de doce nuevos episodios. Esto nos hizo plantearnos muchas preguntas: ¿tanto confiaba la cadena en toda una temporada habiendo emitido únicamente el primer episodio? ¿Vamos a tener un cliffhanger de final de temporada digno del «we have to go back»? ¿Se van a quedar las tramas a medias? ¿Cuándo gobernará Emmy Rossum el mundo? Al final, ni ha habido un gran cliffhanger, ni Emmy domina todavía el mundo (en serio, tiene nombre de premio, dádselo ya). Lo que nos hemos encontrado después de doce capítulos es que las tramas se han quedado completamente abiertas, a mitad de desarrollo, lo que nos confirma que la quinta y la sexta temporada han estado pensadas como un todo desde un principio.

Es inevitable ante esto tener la amarga sensación de que este año la serie ha funcionado como un largo capítulo de transición, como una puerta al caos que se avecina. Probablemente sólo se haya salvado de la quema la trama de Ian y Mickey, que se ha configurado como el mejor arco argumental de la temporada y que sí se ha cerrado (con muchos peros y de forma más que precipitada, pero se ha cerrado). Todos los demás han deambulado por ahí haciendo de las suyas, siendo como son, y dando lo peor de sí mismos. Con poca vergüenza, porque no tienen ninguna.

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Svetlana y Debbie. Esencia de mujer.

Sexo, drogas y un guitarrista folk

Shameless siempre ha destacado por sus escenas explícitas, y a nosotros nos encantan. Desde ancianas metiéndose coca hasta Carl emborrachándose con nueve años, regalando un eructo final a la audiencia al comienzo de uno de los previously; esas veces en las que la serie rompe la cuarta pared con tanta sutileza y tanta clase (Fiona meando y quedándose sin papel. También muy bello). Todo esto ha encontrado en la quinta temporada el terreno perfecto para desarrollarse al máximo, ahora que Carl y Debbie son adolescentes. El primero decide que ser camello es un gran paso en la vida, y la segunda busca de cualquier forma conseguir perder la virginidad (la chica tiene tantas ganas que «viola» a su exnovio).

Esta situación, como decimos, se ha quedado en el aire: con un Carl en el reformatorio y una Debbie posiblemente embarazada. Cuesta mucho despegarse de la imagen que nos retransmitían los pequeños, sobre todo ella, en las temporadas anteriores; pero la adolescencia es complicada, y más si se es un Gallagher. Tramas dejadas a un lado, el talento de Emma Kenney y de Ethan Cutkosky está fuera de toda duda, pues llevan enfrentándose durante cinco años a escenas que los actores adultos más castos serían incapaces de rodar. 

Lo interesante de la adolescencia, sin embargo, se ha convertido en el gran lastre de Shameless. Y es que ahora que todos los chicos tienen la edad suficiente para andar a sus anchas, las tramas se han individualizado más que nunca. Los Gallagher como mejor funcionan es unidos, y aquí cada uno ha tenido una trama muy marcada y muy separada del resto de su familia. Al contrario de lo que pasara durante la cuarta temporada, cuando al inicio todas las tramas estaban despegadas pero posteriormente convergieron, ahora los protagonistas han comenzado unidos para terminar por diferentes caminos.

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Tócame, Gus

Y mientras Lip anda por ahí acostándose con su profesora y rompiendo a todas las mujeres que tiene al lado (Amanda nos cabía bien), Fiona se casa. Sí. Fiona. Se Casa. Con un guitarrista muy majete, la verdad, pero que está tan dentro de la zona de confort que le termina sabiendo a poco. Primero prueba con Jimmy/Steve/Jack, que se va como viene (sin pena ni gloria) y luego con su encargado Sean. Todo para llegar al punto de partida: Fiona es quien siempre ha sido, y no puede hacer nada para remediarlo. Es una Gallagher, los genes son los genes, y su vida va a consistir en cagada tras cagada aunque se empeñe en conseguir todo lo contrario. El caso es que esto nos da igual, porque lo que importa aquí es por qué Emmy Rossum sigue sin tener ningún reconocimiento en forma de estatuilla, o directamente en forma de estatua en una plaza pública. La calidad del reparto de Shameless da casi miedo, pero es que ella sobresale en todos los ámbitos posibles. Sutil, ruda, dulce, violenta, vulnerable… una actuación perfectamente humana.

El resto de la temporada ha supuesto un entretenimiento ejemplar: Frank ha encontrado el amor, y lo ha perdido (precioso arco y soberbio Macy), Kev y V. han pasado por una importante crisis matrimonial (no del todo bien tratada y un poco prescindible) y la nueva integrante de la familia, Sammy, se ha convertido por méritos propios en el personaje más odioso de la ficción. Ha sido algo así como si la Karen de la segunda temporada resucitase en su faceta adulta, pero mucho más estúpida e incongruente.

shaaaa

Al final, a pesar de las pegas, no podemos dejar de adorar Shameless. Si por nosotros fuera, todos los Gallagher gobernarían el Reino, el mundo y el universo. Pero como sabemos que esto no va a poder ser, nos quedaremos esperando para disfrutar el año que viene de una de las mejores ficciones de los últimos tiempos. En definitiva, la quinta ha sido una temporada notable, con unos actores sobresalientes, en una serie simplemente soberbia.

PD: Sheila y Mandy, volved en cuanto podáis. Un beso.