En las últimas semanas, he ido cruzándome cada vez más con comentarios indicando cuál es o no la forma adecuada de ver series. Es cierto que todos estos comentarios y críticas no son nuevos. No, llevan estando ahí desde siempre, y nunca fallaba que de vez en cuando te cruzaras con alguna nueva. Lo que pasa es que últimamente parece que se reproducen por esporas. Y como quien no quiere la cosa, vamos de una crítica viendo series analizando cada posible teoría a otra criticando esta actitud, y a otra que responde a esta última diciendo que qué interés puede haber en una serie que no te invita a volverte loco con teorías varias.

El desencadenante de toda esta cadena interminable ha sido probablemente el estreno de Westworld. Que nos ha traído muchas cosas, sí, pero para alguien que lo ve todo desde fuera, lo más llamativo ha sido esto. La resurrección de la necesidad de andar dando lecciones sobre cuál es la forma adecuada de ver series. Y así, cuando la serie invitaba a sus espectadores a entrar en una espiral interminable de teorías y especulaciones, quedaba muy bien eso de decir que esa es la forma equivocada de ver una serie. Que así no se hace. Vamos, quita, que tú no sabes.

Personalmente, jamás he sido capaz de entrar en el juego de ver una serie para especular posibles teorías. Simplemente disfruto mucho más dejándome llevar por sus episodios, entrando en su universo, en sus reglas y, sobre todo, implicándome con las emociones de sus personajes. Las teorías, los porqués de lo que está pasando en la trama o cualquier otro misterio siempre me han parecido algo tremendamente secundario. Probablemente es por eso que no logré ni acabar el piloto de Westworld, y que por muchas críticas positivas y recomendaciones que me hagan, no acabo de verme capaz a darle otra oportunidad. Pero eso es cosa mía. Esa es mi forma de ver las series. Y es tan válida como cualquier otra. Igual que lo es la forma de ver series que consiste en darle cien vueltas a cada teoría con la que te cruces.

Demasiado a menudo se nos olvida que, al fin y al cabo, las series son entretenimiento. Por encima de todo. Pueden aportarnos muchas cosas, pueden enseñarnos muchas otras, pero no están haciendo su trabajo si no nos entretienen, si no nos crean interés. Y ahí está precisamente la gracia del asunto, lo que hace que dos personas que ven una misma serie, puedan verla buscando en ella cosas completamente diferentes. Y es algo que me parece absolutamente maravilloso, y es algo que hace que cualquier discusión sobre cualquier serie sea siempre mucho más rica.

Porque lo que me engancha a mí, lo que hace que quiera volver semana tras semana, puede ser completamente distinto a lo que te hace volver a ti. Y eso es uno de los mejores aspectos de todo el mundillo seriéfilo. Tan válido es el que ve las series por dedicar luego horas a desarrollar teorías y desgranar y analizar todo hasta la saciedad que aquel que las ve porque conecta con sus personajes de tal manera que sufre y vive con ellos, independientemente de todo lo demás. Tan válido es ver la serie por lo que ocurre que por cómo ocurre. Del mismo modo que es perfectamente aceptable ver una serie por shippear a sus personajes (el tema de spoilear como si no hubiera un mañana en este último grupo, que es algo muy típico de cierta parte del fandom, ya es otra historia. Eso no es ni será jamás aceptable. Pero nos vamos del tema). E igual que tampoco tiene nada de malo ver series por disfrutar y reírnos con su mamarrachismo. Y así mil maneras más.

Todas ellas son formas distintas de ver series. De conectar con ellas. De entenderlas y vivirlas. Todas ellas son distintas, pero todas ellas tienen algo en común. Todas ellas nos hacen entrar en nuestras series favoritas, nos hacen vivirlas. Y disfrutarlas. Y de eso, al fin y al cabo, es de lo que se trata.