Macarena Ferreiro. Una rubia tonta capaz de robar por amor. Pero claro, la pillan e ingresa en prisión. Ahí arranca Vis a Vis, cuando las funcionarias la desnudan y la cachean, no vaya a ser que lleve algo escondido en el mismísimo potorro. Ella se declara inocente pero el caso es que está en prisión, rodeada de delincuentes y lejos de todo lo que conoce. Si fue capaz de robar por amor, ¿de qué no será capaz por sobrevivir?

No, no es la primera cárcel de mujeres que vemos en la ficción patria. Ya Sin identidad arrancó desde una prisión china. Pero creo que sí es la primera vez que nos encontramos con un grupo de personajes tan interesantes. Personajes complejos, con claros y oscuros. No hay buenos contra malos sino malos contra peores. La serie viene a demostrar que, si se dan las circunstancias apropiadas, todos podemos pasarnos al lado oscuro. Y oye, esto es una gozada. Vis a vis te pone al límite al mismo tiempo que refleja realidades que nunca antes habían encontrado su sitio en televisión,

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A esta boda también invitaron a Norma Duval

¿Que en EEUU lo petan las negras chungas? Who cares? No digo que una negra chunga no le viniese mal a Vis a vis pero aquí ya tenemos a las gitanas de armas tomar, que viene a ser lo mismo pero con gracia, salero y bodorrio. Que la negra chunga mueve un dedo y te deja temblando pero la gitana en ese tiempo te da dos leches y te canta una rumbita. La diversidad de razas y culturas también entra en juego en la serie, dándole un empaque de veracidad que se agradece.

Yo he disfrutado como un enano durante los once capítulos de Vis a vis. Me han gustado desde los créditos hasta los avances del capítulo siguiente, dejándome siempre en vilo con cliffhangers bien potentes que hacen que estés deseando que pase la semana solo para volver a ver a Macarena, a su padre… y a Zulema.

Zulema, qué mujer. Vis a vis es una serie con muchos méritos pero creo que el mayor de ellos es que ha conseguido que no me entren arcadas al ver a Najwa Nimri en pantalla. Y esto no es moco de pavo porque mira que le tengo tirria a esa mujer que parece que lleva escrito en la frente “mira qué chupiguay soy”. No la soporto. No puedo con ella. Prefiero trabajar en una mina para alimentar a Falete que escuchar su nombre una única vez. Pero oye, las cosas son como son y en esta serie está soberbia. Es – pectacular, que diría el zabio Jezulín. Zulema no solo ha dado vida a Vis a vis (y Anabel también, eh, no la olvidemos) sino que ha conseguido traspasar las fronteras de la ficción para instalarse ya en el imaginario colectivo de todos los que hemos visto la serie. Este personaje será recordado mucho más allá de la serie. De hecho, no me extrañaría que sustituyese a Virginia Palazón como la mala malísima española.

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Como dirían Los del río, “eeeeey Macarena, aaaah”

Eso… si no se la cargan antes. Y no me refiero a que los guionistas maten a Zulema, sino a que estropeen la serie. Porque a ver, la primera temporada ha estado muy bien. Ya he dicho que me gusta aún más que El ministerio del tiempo. Pero es una serie que exige fe, que exige tragar cucharilla. Y bastante a menudo, por cierto. Empezando por el extraño concepto de cárcel privada en España, en el que a mí me costó entrar desde un principio. Camina siempre en el filo de la navaja, jugando con fuego, y a ver si no vamos y nos quemamos un día de estos.

Para hacer interesante la trama, la serie ha optado por los giros imposibles y ahí tienes que creer. No queda otra. Tienes que creer incluso cuando el guion traiciona personajes y relaciones, aunque solo sea para llegar a un final lo suficientemente abierto como para dejarnos con ganas de segunda temporada, pero lo suficientemente cerrado como para dejarnos satisfechos si no hubiese nueva tanda de capítulos. Con lo que me estaba gustando a mí esta Saray en rebeldía…

Sí, Vis a vis es un acto de fe. Pero eso no es necesariamente malo. Hay quien cree en Dios, hay quien cree en el karma y hay quien cree en el jamón serrano. Yo, por mi parte, creo en Zulema, Saray, Macarena y compañía. Creo en una serie que me ha dado once alegrías de setenta minutazos. Creo en Vis a Vis.